Desde su domicilio en el distrito de Magdalena del Mar (ciudad de Lima), el arqueólogo Luis Guillermo Lumbreras (Ayacucho, 1936), Director del Instituto Nacional de Cultura (INC) entre 2002 y 2006, nos ofrece su visión de la cultura y de los proyectos estatales por gestionarla. Fiel a su estilo, no duda en identificar errores, pero, sobre todo, en esbozar interesantes propuestas de solución.
Doctor Lumbreras, ¿cuál es el problema de la cultura en el Perú?
Nos hemos habituado a traficar con este Perú al que hemos partido en dos. Un personaje en nuestra historia llamado Simón Bolívar, optó por partir al Perú en dos: los indios y nosotros, los criollos. Al lado de los indios –marginalmente– estaban los negros y todos los que no eran ni indios ni blancos. La criollada fue tan grande cuando se produjo este proceso emancipatorio que nos han hecho decir la barbaridad de que España es nuestra madre patria. Eso es una barbaridad, nosotros somos de aquí. En la Constitución de 1823, una de las pre misas para tener derecho a la ciudadanía peruana era hablar castellano, y todas las lenguas nativas fueron sacadas de la Constitución. El castellano se convirtió en la lengua oficial. Es decir, una lengua extranjera que había llegado con los conquistadores se convirtió en la lengua oficial del Perú.
¿Cómo esos hechos se proyectan en la actualidad?
Nosotros hemos organizado el país en función de los intereses de este mundo criollo que hizo la llamada independencia. Y el mundo de los indios lo hemos tomado como algo para vender o como espectáculo.
¿Durante su gestión en el Instituto Nacional de Cultura trató de cambiar esta situación?
Cuando me propusieron la dirección del INC yo estaba con este pensamiento muy claro. Ya había escrito varias cosas sobre eso. Y, desde luego, se los decía a todos. Fue la primera y última experiencia en el Estado peruano. Fui uno de los promotores de que se formase el Ministerio, porque como Instituto era poco lo que podía hacer. Me convertí en un funcionario cuidador de ruinas, era mi campo.
¿Cuánto se podía hacer por la música o la investigación científica?
Para nosotros eso es vital y teníamos que buscar apoyo externo para hacer cosas. Entonces pensé que lo que necesitábamos en el campo de la cultura era más posición política, el Estado. Por eso organicé la estructura de comportamiento burocrática del INC como la de un ministerio. Además, teníamos presencia a nivel nacional, cubrimos todos los departamentos del país.
¿Cómo observa el desempeño del Ministerio de Cultura?
Inmediatamente después de nuestra gestión (2002–2006) se planteó y organizó el Ministerio de Cultura, que no le veo ninguna salida, porque la estructura de poder sigue siendo la misma. Es un ministerio totalmente opaco, sin poder político, sin presencia real ante el pueblo, sin ningún dominio de un espacio público real. El Ministerio de Salud tiene a todos los enfermos y a todos los médicos, tiene todo un mundo de gente que de algún modo participan de la vida de esa institución. Justicia igual, Trabajo igual, Minería igual. En todos ellos tienen un espacio. En cultura, no se toca nada. Y no se toca porque está manejado y dominado por una estructura mental de tipo criollo.
Duberlí Rodríguez, presidente del Poder Judicial, hizo una cosa que los de Cultura debieron hacer hace tiempo. Reunió a todos los presidentes del Poder Judicial, a fiscales y magistrados de todo el Perú. Convocó a gente de Bolivia y Paraguay y armó una suerte de congreso, ¿sabe para qué?, para la inserción dentro de los códigos de comportamiento jurídico de lo que era la justicia para los no hispanohablantes, o sea para los campas, para los aimara, para todos ellos. Fue un evento realmente notable y me pidió una conferencia que la di con mucho gusto. Era la primera vez que yo veía un Poder Judicial en la perspectiva de lo que era para mí cultura.
Un enfoque transversal...
¡Claro!, para decirle al ministro de Justicia que se necesita tener una sección en su ministerio que sea parte de la cultura, y que se ocupe, por ejemplo, de los yaguas, de los piros; textos donde se le enseñen esas cosas. Volver a la Colonia, por ejemplo, donde había cátedras de quechua en todas las catedrales del Perú. Todo eso se perdió. Entonces, esa es mi noción de cultura. Y desde luego, como usted entenderá, no se logró cuando fui Director del Instituto Nacional de Cultura. Estando en el cargo, nosotros logramos algunos avances, en estos últimos coloquios internos. El problema era que nuestros coloquios eran informales porque no tenía cómo llegar al poder. Era simplemente una cosa operativa. No podía hacer más. Por eso apunté hacia el ministerio, para hablar con el ministro de Educación, Salud, de Justicia. ¿Usted se imagina esa noción que hizo Duberlí Rodríguez en esa reunión? Es una cosa que se tiene que hacer en todas las áreas. Las cosas que he aprendido de los campesinos quechua hablantes sobre cómo trabajar la tierra, son de una sabiduría impresionante. Es algo que se está perdiendo. Y eso para mí es la cultura. Y eso está ahí sin resolverse.
¿Cuál es el problema, entonces, con el actual Ministerio de Cultura?
No está propuesta la idea del otro Perú, no está propuesta la idea del cambio. Es muy fuerte, no es un caso tan simple. Claro que la idea mía, nuestra y de cada uno de nosotros, era ir penetrando los ministerios, creando instancias internas, que vayan movilizándose en torno a una institución que existió en torno al ministerio de Trabajo y de Justicia, que se llamaba el Instituto Indigenista Peruano. El peligro, en ese caso, era convertir eso en un proyecto indigenista, que no es lo que debe ser, no se trata de eso. No se trata de magnificar el mundo indígena. Eso mismo es hasta perjudicial. Se requiere un nivel de cambio tremendo. El cambio, desde mi punto de vista, solamente funciona bajo un proyecto revolucionario. Creo que se pueden adelantar algunas cosas, como cambios en la Constitución. Son doscientos años que nosotros vivimos en estas condiciones.
¿Cuáles serían los cambios más urgentes?
Creo que son tres direcciones urgentes: las de educación, justicia y salud. En un segundo nivel sería trabajo, economía y relaciones internacionales. Lo principal son los tres primeros. En el campo de la salud, por ejemplo, no es sólo para que los médicos les hablen en quechua a los pacientes, sino para que los médicos entiendan cuál es su papel. No es lo mismo un dolor de estómago de nosotros criollos, que un dolor de estómago de un quechua. Son distintas las sensaciones, son distintas formas de motivación de la queja. ¿Cómo se resuelve eso? Entendiendo que este es un país multicultural, pluricultural. Y no solo se trata de ver cómo se concilian unos con otros para que se respeten unas culturas con otras.
¿Cuál sería la parte de la sociedad peruana que aporte en el cambio?
Tengo un libro que habla sobre la violencia y opresión colonial en el Perú, donde toco el tema del «síndrome colonial», que no es un problema que esté en el Estado, sino en todos nosotros. Nosotros hemos sido criados con la imagen de que, efectivamente, el futuro es parecernos a Europa o Estados Unidos. Que el progreso es eso. Hemos generado una imagen terrible de nosotros. Si no hacemos lo que hace un norteamericano, «estamos mal». Si no lo hacemos como lo hace un francés, «estamos mal». Nuestro síndrome colonial hace que nos sintamos, sin aceptarlo, de fuera y viviendo acá. Por alguna causa quisiéramos no ser nosotros. Pero sí queremos ser peruanos. La imagen de nosotros sobre nosotros es terrible.