En los últimos meses se celebra la construcción del Museo Nacional de Arqueología (MUNA), desde las grandes convocatorias para su elaboración, hasta la puesta de la primera piedra por el presidente: todos están entusiasmados. En la siguiente entrevista realizada al arqueólogo e historiador Gabriel Ramón Joffré, autor de libros como El neoperuano (2014) y Los alfareros golondrinos (2013), nos enteramos la otra cara de la moneda y los retos que implica la realización de un museo de esta envergadura.

Muchos están celebrando la creación del Museo Nacional de Arqueología (MUNA), y al parecer usted no comparte este entusiasmo ¿Cuáles son sus razones?

En teoría todo museo debería ser bienvenido, incluyendo el MUNA. En la práctica, incluso antes de que aparezca la propuesta para edificar ese museo, ya el sistema nacional de museos estaba en crisis. ¿Cómo documentar esa crisis? Empiece a visitar los museos limeños no privados, por ejemplo el Museo de Historia Natural, el Museo de la Cultura Peruana o el semi-fenecido Museo Metropolitano de Lima. Y ojo que los tres se encuentran en la capital del país, así que puede imaginarse lo que sucede más lejos de nuestro centro de poder. A ello podría agregarse un punto clave: la crisis en los depósitos de material arqueológico en los museos. Luego de excavar, los arqueólogos deben colocar los materiales excavados en algún depósito estatal, pero no hay espacio. Ello provoca que se queden mucho tiempo en depósitos privados, lo cual es básicamente ilegal y tampoco es lo ideal, ya que automáticamente limita el acceso público a esas colecciones. Los depósitos de los museos son parte de ese sistema, y en el Perú han colapsado. En ese contexto, crear un museo nacional sin corregir el sistema, sin reformarlo con cariño, es desperdiciar millones de soles. Antes que hacer un nuevo museo nacional, debería recogerse información sobre la situación de su predecesor (el Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia de Pueblo Libre), y ver las razones por las que supuestamente ha fracasado. Lo mismo habría que preguntarse sobre el Museo de la Nación, que acabó (re)convertido en sede administrativa. El tema no es hacer nuevos museos, sino tener una política cultural clara respecto a los museos, y eso no existe. Por todo ello me parece que no hay nada que celebrar.

Sobre la ubicación y construcción del MUNA, ¿qué nos puede decir? ¿Es necesario un museo más para Lima?

Respecto a la localización del MUNA, la crítica principal —con la que concuerdo— es que no se puede hacer un museo arqueológico sobre un terreno declarado intangible por el propio Estado. Como se sabe, por declaraciones de la propia ministra, se encontraron entierros en el sitio donde se quiere establecer el museo. Al contradecirse tan rochosamente, el Estado demuestra las limitaciones de la llamada “protección del patrimonio”. Basta darse una vuelta por Pachacamac para entender el asunto. Hay dos tipos de “invasiones” del famoso sitio arqueológico: la pobre (principalmente hacia el noreste) y la pituca (principalmente hacia el suroeste). Es claro que el museo va a ser utilizado como barrera en relación a las invasiones pobres, pero ¿quién va a detener las invasiones pitucas? Hay otras razones para criticar la ubicación precisa del MUNA, vinculada a la humedad de la zona. Respecto a la crítica relacionada con la distancia respecto al centro, me parece que no es algo negativo, ya que sería un museo conectado a una sección periférica de la capital. Claro, no sé qué dirán los actuales empleados del Museo Nacional (el de Pueblo Libre) que viven en el extremo norte de Lima. Sobre la segunda pregunta, hay un enorme problema de centralismo en el Perú, que también es evidente en el caso de los museos. Sí, sería fantástico hacer el MUNA fuera de Lima, en un lugar donde no haya tanta humedad, por ejemplo Huancayo o Jauja. Para el caso de Lima antes que hacer nuevos museos, lo ideal sería renovar los que ya existen, como por ejemplo el Museo Metropolitano que la actual administración municipal tiene abandonado. Es penoso que Lima no tenga un museo de la ciudad.

¿Por qué tanto silencio entre los arqueólogos sobre este asunto que vulnera el patrimonio? Y, para terminar, a propósito de su libro El neoperuano, ¿qué problemas persisten o se han superado para definir una política sobre el patrimonio?

El silencio no ha sido total, pero sí sorprende. Hay varias posibilidades: a) nadie quiere perder contactos, potenciales trabajos, etc.; b) mis colegas inteligentes que trabajan en el Mincul no pueden opinar por razones obvias; c) ya se ha destruido tanto el patrimonio, que ahora se puede hacer cualquier cosa, incluso poner una obra de tu pareja sentimental como primera piedra; d) vivimos en una dictadura de los medios y esos medios solo entrevistan al mismo grupo de arqueólogos. Un poquito de las cuatro. Sobre el segundo punto, creo que los problemas de base persisten. Mi pregunta sería ¿se puede definir una política progresista sobre patrimonio cultural si la forma de reclutar a los especialistas para las instituciones que deciden sobre esos temas es ultra conservadora? No digo que tengamos que hacer elecciones para elegir al ministro de cultura, pero colocar personas sin preparación alguna es un buen indicio de cómo funciona el sistema.

Carlos Lorenzo Huamaní Angeles

Entrevista publicada en El Boletín de Historia, Boletín quincenal del Centro de Estudiantes de Historia - San Marcos, año 1, número 7, el 11 de julio de 2016. Disponible en el siguiente apartado:

https://drive.google.com/file/d/0B967DUijbqJjeXQ1MHRBOUR3RUU/view?resourcekey=0-HV_qzGnKWQ5sVsez0ckcXg